Unos días de aventura en Nepal

Dicen que a todos nos llega un momento en la vida en el que se presenta un punto de inflexión al que no puedes dar la espalda. Es el típico momento en el que la gente hace el “famoso” viaje para encontrarse a uno mismo.


Llegado a ese punto, mi necesidad se encontraba en el polo opuesto, quería un viaje para perderme a mí mismo. Con esa premisa y tras sopesar varios destinos, me decidí por Nepal.


Hasta entonces siempre había hecho turismo con viajes organizados, pero nunca me había aventurado a coger la mochila y dejar que el camino se improvisara a si mismo.


Compré un vuelo a buen precio con varios meses de antelación y reservé una única noche de alojamiento en Katmandú; la de llegada.


Me disponía a viajar solo por primera vez, con la compañía que aporta compartir con mi gente –hasta la saturación- mis experiencias a través de Instagram, bajo el hashtag #viajeparaperdermeamimismo, ¿cortito eh?.


 

LLEGADA A KATMANDÚ

El impacto del cambio cultural al llegar a Katmandú requiere de unas horas para asumir lo que los sentidos reciben. El ruido del caótico tráfico, los dispares olores y sobre todo, las insólitas imágenes que se presentan al cruzar cada esquina.


Los alojamientos son muy económicos, y si hay un barrio con alojamientos a buen precio en Katmandú es Thamel, situado en pleno corazón del caos. Si no buscas grandes lujos puedes dormir en un lugar más o menos “decente” por una media de 6€/noche.

 

Una vez instalado me dispongo a conocer uno de los principales lugares de interés de la ciudad:

 

Estupa de Swayambhunath o Templo de los monos


Situado a las afueras de Katmandú, este lugar emana una energía muy especial; sus cientos de monos correteando a mis pies, la imponente estupa con su espectacular cúpula escalada dorada, las impresionantes vistas de la ciudad y la ensimismante luz de su atardecer, hicieron de ésta visita la perfecta toma de contacto con Nepal.

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ANNAPURNA


Tras un día “descansando” en la capital Nepalí, cogí un vuelo interno que me llevó a Pokhara con la intención de hacer un trekking para vislumbrar de cerca los Annapurna.


Hay muchas opciones y rutas entre las que elegir, desde las de iniciación de 2 días; Ghachok Trek, hasta el completo Annapurna Circuit Trek (5416 m altitud/ 15 días). Yo opté por el cómodo (o eso pensaba yo), Ghorepani Trek(3210 m altitud/4 días).


Para poder hacerlo tienes que pedir/pagar un permiso especial y es recomendable contratar un guía (aunque no es imprescindible si lo llevas bien preparado). Teniendo en cuenta que Pokhara es el punto de partida para estas rutas, pude encontrar una considerable oferta de agencias que organizaban todo lo necesario para realizar los circuitos con plenas garantías. La contratación incluye el alojamiento en más que modestos alojamientos, la comida durante la ruta, el guía y el porteador.


No me encontraba nada cómodo con la idea de que alguien cargara el peso de mi mochila para que yo pudiera caminar cual “señorito malcriado”, y aunque el prescindir de este servicio me generó cierto conflicto interno (es su medio de vida) , opté por no contratar porteador.


Al día siguiente me presentaron al guía e hicimos un viaje “suicida” en coche (30 mins) hasta Naya Pul, desde donde empiezan la mayoría de las rutas. Comenzamos a andar y aunque los caminos son relativamente cómodos y se asciende siempre en escalera, las primeras horas de ruta ya me avisaban de lo duro que podría llegar a resultar la caminata para un inexperto como yo.


Paramos para reponer fuerzas en una casa aislada reconvertida en restaurante. Era el momento perfecto para probar los milagros reconstituyentes del plato más famoso de Nepal, el Dalbhat. No, no es un manjar de Dioses para el paladar, pero lo cierto es que a mí me supo como imagino deben saber las creaciones de Ferran Adrià.

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Con el estómago lleno retomamos el camino otras 3 horas hasta llegar a Ulleri, una pequeña aldea de no más de 20 maltrechas casas, y menos habitantes que casas.


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La zona ha hecho del turismo una fuente de ingresos que les ayuda a salir adelante, con lo que se han propagado los modestos alojamientos en zonas tan remotas. Y allí, en uno de esos alojamientos me disponía a pasar la noche. Me enseñaron la habitación; un cuarto de unos nueve metros cuadrados con un suelo de madera que dejaba ver los árboles sobre los que estaba construida la estructura. Yo sólo podía pensar en mi aracnofobia.


La cama era un colchoncito estrecho sobre un somier de unos cien años y el baño, ¿dónde está el baño?. No había baño, se reservaba ese lujo en dos estancias compartidas; un inodoro en el que despedir al Dalbhat en cuclillas, y la habitación del pánico; una oscura ducha (agua helada) con restos de los viajeros que han pasado por allí durante los últimos 10 años.

 

El cansancio no me dejaba pensar con claridad, así que tras cenar y hacer una obra de ingeniería con mi mosquitera para evitar que las inexistentes tarántulas tomaran mi cavidad bucal como madriguera, me fui a dormir.




Suena el despertador muy temprano. Me levanto con una agradable sorpresa. El cansancio del día anterior no permitió que reparara en el enorme ventanal de la habitación, ventanal que me regaló uno de los amaneceres más bonitos de mi vida.

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El guía todavía no se había levantado, con lo que aproveché para salir a la calle y pasear por la pequeña aldea. Los habitantes, que ya habían comenzado su día hace rato, me sonreían y ofrecían un “namasté” que sonaba sincero; esa palabra siempre suena sincera. Los pocos niños que había jugaban con el tirachinas encaramados en peligrosos muros; sonrientes, felices.

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Tras el desayuno recogí mis cosas para seguir con la ruta, no sin antes ensimismarme por unos minutos más con la estampa que regalaba el ventanal, amanecer que me permitió tomar conciencia de lo afortunados que somos y de lo mucho que nos quejamos. Algo tan normal para nosotros como es un retrete, una ducha limpia de agua caliente o comida en exceso toma aquí otros significados. Y los niños, unos niños con recursos muy limitados que sin embargo transmitían en sus caras sentimientos que son difíciles de encontrar en los niños del “primer mundo”, habitualmente frustrados por las carencias que genera la abundancia.

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Comenzamos de nuevo el camino. Durante la jornada me vuelvo a enfrentar con imágenes difíciles de olvidar, la belleza de los paisajes choca de lleno con niñas de no más de 6 años cargando sobre sus cabezas el pesado cultivo recogido. Es una dura realidad complicada de asumir. Resulta contradictorio ver infancias tan felices en condiciones tan extremas.


Esta vez la etapa es más corta. Llegamos a Ghorepani, un pueblo más grande que el anterior y con alojamientos bastante más cómodos.


Tras una agradable cena en compañía de otros viajeros compartiendo experiencias varias; vueltas al mundo incluidas, me retiré pronto a dormir. Al día siguiente había que levantarse a las cinco de la mañana para subir al Monte Poon, situado a 3210 metros de altitud -altura máxima de esta ruta- y poder ver una panorámica de los Annapurna amaneciendo.


Comenzamos el ascenso a través de unas empinadas escaleras y casi a oscuras, siguiendo la luz que marcaban nuestros frontales y linternas. Poco a poco nos íbamos encontrando cada vez con más senderistas, hasta llegar a un punto de “tráfico lento”. ¿Dé donde narices había salido tantísima gente?.


Una vez arriba la luz del sol empezaba a insinuar la magnitud de lo que allí estábamos a punto de vivir. No hay fotografía que pueda transmitir la colosal estampa de los Annapurna abriéndose lentamente ante nosotros. Simplemente hay que vivir lo microscópico e insignificante que se siente uno en ese lugar.

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Tras el momento clave de esta ruta, seguimos nuestro camino. En uno de los descansos coincidimos con un porteador, un señor de 63 años con humilde ropa y calzado que llevaba sobre su cabeza una carga de 30kg por un sueldo de 1€/hora. Teniendo en cuenta que la media de estas etapas es de 7 horas…


No pude evitarlo y le pedí permiso para sentir en mi piel lo que es llevar ese pesado fardo. Con dificultad y ayuda lograron colocarme la cinta que sirve de punto de apoyo en la frente. A duras penas subí y bajé cinco escalones. Tuve suficiente. El alivio al descargar ese peso fue directamente proporcional a mi sentimiento de ridículo al recordar cómo había buscado cuidadosamente un buen calzado, un buen abrigo y una buena mochila para hacer este camino. Es admirable lo que hace esos hombres y mujeres.


Tras esta experiencia y otras imágenes que se graban en la retina, llegamos a Ghandruk para pasar la última noche del trekking.

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Al acabar una larga etapa de bajada llegó el momento de despedirme de Kris, el guía. No he reparado mucho en su persona porque quería hacer una mención directa al acabar de relatar el trekking. El papel de Kris fue muy importante, no sólo te aporta la seguridad de saber dónde estás y a dónde vas. Kris marcó perfectamente los tiempos de las etapas, estaba constantemente pendiente de mis necesidades de descanso, hambre o sed. Mantuvo en todo momento una actitud muy cordial y amable. Compartió conmigo su forma de vida y me enseñó mucho sobre Nepal y sus gentes.


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Como podía sospechar lo que le llega al guía es una parte muy pequeña de lo que inicialmente se paga en la agencia, así que si estás pensando en hacer una ruta en Annapurna, te recomiendo que contactes directamente con él a través de Facebook (Krishna Adhikari Anjan). Lleva muchos años dedicándose a ello, hace todas las rutas y te gestiona los permisos estatales. Evitando los intermediarios, su duro trabajo estará mucho mejor recompensado.


Si a pesar de ello optas por gestionarlo con una agencia, no hay que decir que las propinas para guías y porteadores están más que merecidas.

 

 

 

 

PARQUE NACIONAL DE CHITWAN

Mi siguiente destino sería Sauraha, una pequeña localidad situada muy cerca del Parque Nacional de Chitwan, el lugar perfecto para conocer la fauna y flora Nepalí.


Al igual que en Pokhara, Sauraha facilita mucho las cosas con sus variadas agencias que venden todo lo vendible a los turistas. Lo que poco a poco fui aprendiendo es que no hay que precipitarse; muchas veces las cosas vienen solas. Previamente había leído la oferta de actividades que brindaba Chitwan y tuve claro desde el principio que quería vivir tres experiencias; el safari fotográfico a través de la jungla, la ruta en canoa a través del rio Rapti y el baño con los elefantes.


Opté por un alojamiento de las afueras del pueblo, situado entre las granjas donde los elefantes pasan la noche. Quedarte dormido a 50 metros de estos gigantes escuchando los particulares sonidos emitidos por sus trompas, es algo que no pasa todos los días.


En este hotel me dieron la mejor oferta para alguna de mis actividades. El paseo en canoa y el safari fotográfico los dejé contratados; el baño con el elefante es otra historia…


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Paseo en canoa:


Caminamos durante media hora hasta la orilla del rio Rapti, donde nos esperaban con una canoa con mucha solera. Tras la sensación de inestabilidad al intentar plantar torpemente mis posaderas en un estrecho tablón, y una vez anudados mis tres metros y medio de piernas en tan estrecho habitáculo, sólo quedaba disfrutar.


Pocas veces he sentido el silencio de una manera tan profunda como en ese paseo. El leve susurro de la pala y el agua al entrar en contacto era sólo interrumpido por los sonidos de aves de cuya especie jamás había oído hablar.


Las aguas cristalinas del rio dejaban ver la frondosa vegetación de su fondo. Es ese el preciso instante en el que un fuerte hormigueo recorre en bucle todo tu cuerpo al saber que posiblemente bajo esas plantas acuáticas, a metro y medio de mí, tenía cocodrilos salvajes. Mejor era no pensarlo y disfrutar de saberme en medio de un rio, en medio de la selva, en medio de Nepal, en medio de Asia, en medio del mundo.


Y llegaron los cocodrilos, inmóviles e inexpresivos calentaban su sangre al sol a tan sólo unos metros de la canoa. El hormigueo dejó de ser un bucle para dar paso a cierto acojone físico-mental con toques adictivos al esperar con impaciencia e incertidumbre ver el siguiente reptil dentudo. Sin lugar a dudas una experiencia muy recomendable (y económica).

 


Safari fotográfico en elefante:

De todo lo que ofrecía Chitwan esto era en lo que más expectativas había depositado y lo que menos disfruté. Aunque cruzar la jungla encima de un elefante es una experiencia recomendable, los contantes golpes a los animales por parte de sus domadores/conductores, los bichéjulos de todo tipo, la sensación de ser acechados por tigres y mi aracnofobia, no me dejaron vivirlo en plenitud.


Si hubo algo que salvó la elección de este safari fueron los 10 minutos en los que pudimos observar cómo dos rinocerontes zampaban a sus anchas en su hábitat natural. En definitiva una experiencia demasiado turística y mucho más cara que la ruta en canoa.

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Baños con elefante:

Decepcionado con el safari, pocas ganas me quedaban para el baño con los elefantes. La idea de hacer cola con un salvavidas naranja para subirme de nuevo en la silla del elefante durante dos minutos, hacer la foto correspondiente y pasar al siguiente como si de una cadena de producción turística se tratara, no me hacia ninguna gracia.


Desde siempre los elefantes me han causado gran fascinación, y en el safari no te dan la posibilidad de interactuar con el animal; te suben en la silla ¡y andando!.


Hay que dejar que las cosas pasen, y pasan. Hablas con una persona que te habla de otra y terminas disfrutando de un baño real con un elefante. Fuera de circuitos turísticos, sin salvavidas, sin gente, sin sillas. Simplemente ocurrió (y al mismo precio).


Subido y sentado a horcajadas directamente sobre su áspera piel, sin prisas, pudiéndolo tocar cuando se me antojara y observar de cerca su profunda mirada. Sin duda uno de los momentos más especiales de este viaje. ¿Golpearían mañana a ese animal en un safari?.

 

PATAN


Tras casi todo el viaje dedicado a entornos naturales es momento de volver a los templos, y sin duda Patan es un lugar en el que impresionarse y perderse. En mi opinión su Plaza Durbar es igual de espectacular que la de Katmandú.


Yo sólo pude estar un día pero si vas con tiempo, dedicar un par de jornadas descubriendo con tranquilidad la ciudad, es lo ideal.

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NAGARKOT


Tocaba descansar, no hacer nada y cumplir años. Elegí regalarme un amanecer con el Himalaya de fondo y para eso, Nagarkot es el lugar perfecto. Al igual que en Poon Hill, las fotografías son también muy injustas con paisajes como este. Era momento de reflexión ante semejante espectáculo.

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BHAKTAPUR


El viaje empieza a agotarse. Dediqué medio día en Bhaktapur, tiempo más que suficiente para ver su plaza (lo más destacable de esta pequeña ciudad), antes de poner rumbo de nuevo a Katmandú y afrontar la última fase del viaje.

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DE NUEVO EN KATHMANDU

Pashupatinath

 

FOTO1-2.JPGDe nuevo en la capital me dirijo a visitar un lugar no apto para hipersensibles. Hablo de Pashupatinath, templo en el que a través de la ceremonia de cremación los hindúes despiden a sus seres queridos cuyas cenizas acaban en el contaminadísimo rio Bagmati.


Antes de llegar a la zona de ghats (crematorios), la arquitectura de uno de los edificios llamó mi atención. Al acercarme pude comprobar que se trataba de un geriátrico de beneficencia. Me adentré y dirigí al centro de su enorme patio. La imagen de 360 grados que ofrecía ese punto me estremeció. Había ancianos enfermos tumbados directamente en el suelo, otros deambulaban con la mirada perdida, y los más afortunados y de aspecto más saludable se agrupaban sentados en alfombras.


Me dirigí a un grupo de esas longevas señoras que me estaban regalando sonrisas y comencé a interactuar con ellas. Miraban con curiosidad la tablet que llevaba en mi mano. Conecté la cámara frontal y las mostré sus propios rostros reflejados en la pantalla. Su reacción fue de lo más divertido. El escuchar esas carcajadas en un lugar tan triste fue algo bastante inesperado.


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Estos ancianos sin recursos van allí a pasar los últimos días de su vida. Van a morir a unos metros de los crematorios. El lugar al que ahora me dirigía yo con una sensación bastante extraña.


Encontré la zona de ceremonias. Un cuerpo estaba en la orilla del rio tapado con una tela naranja. Sus familiares lo limpiaron y purificaron cuidadosamente con el agua del Bagmati. Seguidamente lo cubrieron con coloridas flores.


Colocado ya en el ghats y cubierto por una montaña de ramas y madreas, uno de los familiares inició el fuego. Es una ceremonia realmente impactante, pero llena de simbolismos y mucho más cercana y “romántica” que las despedidas a las que nosotros estamos acostumbrados. Igualito que nuestros modernos y fríos tanatorios españoles…

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BODHANATH

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Es verdaderamente impresionante estar frente a la estupa más grande de todo Asia. Dar la vuelta completa a esta estructura haciendo girar sus rodillos de oración lleva su tiempo, pero una vez allí no puedes venir sin hacerlo, sería todo un sacrilegio.


Frente a Bodhanath hay varios templos y santuarios donde poder observar sus doradas estatuas o a sus monjes en pleno rezo.


En uno de estos templos hay un rodillo de oración gigante en el que a Eddie Murphy; con su “modo DJ”, le habría resultado imposible reclamar su ansiada Daga en la película “El chico de oro”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Plaza Durbar Kathmandú

 

La animada y ruidosa Plaza Durbar de Kathmandu reúne en un mismo lugar la esencia y realidad de Nepal. Tras un primer pateo inicial recomiendo subirse a su templo central y simplemente observar la actividad del corazón de la capital.

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El viaje llega a su fin. Resulta imposible plasmar con palabras la experiencia de viajar solo por primera vez a un destino tan intenso. Lo contado hasta ahora es sólo un resumen de los lugares y momentos más especiales. Viajes como estos no se pueden contar; viajes como estos se tienen que sentir.


Fueron 16 intensos días que pasaron sin darme cuenta.


Nepal, un lugar en el que “me perdí a mi mismo” y donde encontré gentes y experiencias que me enseñaron
el verdadero significado de viajar.


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