Vacaciones en Menorca con los niños

No hace falta irse al Caribe para bañarse en cristalinas aguas, ni recurrir al sol de medianoche del Círculo Polar Ártico con el fin de presenciar impresionantes atardeceres, desplazarse a Islandia para descubrir paisajes que quitan el hipo o volar hasta Stonehenge para unirnos con nuestros antepasados prehistóricos.


Todo esto y mucho más lo tenemos allá donde España se pierde hacia el Este, en mitad del Mediterráneo, en una isla llamada Menorca cuya belleza natural y la óptima conservación de su patrimonio la permiten estar catalogada como Reserva de la Biosfera por parte de la UNESCO desde 1993


La más septentrional de las Islas Baleares es aún un remanso de paz, incluso en los agitados meses veraniegos en comparación con las vecinas Ibiza y Mallorca. Aunque junio y septiembre son los meses más recomendables para visitarla, cuando el clima suele ser benigno, las multitudes brillan por su ausencia y los precios de los alojamientos son económicos, en julio y agosto tampoco se percibe la asociación de agobio salvo puntos muy concretos y los atascos son una rareza.


Sea cuando sea, una semana es tiempo suficiente para conocer la esencia de una isla cuyos 700 kms cuadrados engañan. Y es que, merced a las buenas carreteras que vertebran la isla, en un máximo de hora y media te la recorres de punta a punta de tal modo que puedes alojarte en un único establecimiento hotelero que sirva de base de operaciones.

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Menorca es, además, un destino ideal para disfrutar de unas vacaciones con niños. Las cálidas aguas del Mediterráneo, las numerosas atracciones dirigidas a ellos -parques acuáticos, numerosos restaurantes y centros comerciales con estancias de juego como castillos hinchables, camas elásticas e incluso karts- y la tranquilidad general que se respira, muy alejada de la desenfrenada fiesta ibicenca, son todo un aval para la tan necesaria desconexión estival.


En este post facilito una guía para conocer los lugares esenciales de la isla a lo largo de siete días sin pasarse el día en la carretera, a ritmo de niño. Disfrutando del mar, de las vistas y de un puñado de pueblos típicos. Sin agobiarse por no saborear cada una de sus 50 playas porque es imposible y hasta absurdo.

 

Queda claro que el tesoro de la isla 'minorica' son las calas, algunas enclavadas en urbanizaciones pero no por ello feas en absoluto, y otras muchas vírgenes de complicado acceso y de gran belleza natural. Las del norte son agrestes por la erosión ocasionada por la Tramuntana, implacable desde tiempos inmemoriales; las del sur, con más vegetación y rocas más claras.


Es fundamental antes de partir cada día de excursión conocer la previsión del viento, para evitar playas repletas de algas y con decenas de medusas rondando la orilla. Si hay viento norte, mejor protegerse en el sur; si sopla el Migjorn, nos vamos con el petate al norte.


Por descontado queda que, como en cualquier isla que se precie, es imprescindible alquilar un coche dado que el transporte público tiene alcance limitado. Y en la medida de lo posible hacer la compra en los grandes supermercados de los grandes núcleos urbanos, porque en las tiendas de alimentación de las zonas turísticas hacen su agosto a la enésima potencia.

 

Día 1: Primer baño en el paraíso y cueva de fantasía


Comenzamos nuestra singladura vacacional por una bonita playa con una estructura de concha bastante habitual en la isla, con unos promontorios que la protegen del viento. Cala Porter está urbanizada y cuenta con todos los servicios -restaurantes, artículos de playa, etc-, además de un bonito mirador al que merece la pena escalar. Con todo, no es de las más espectaculares de la isla pero es una buena opción para abrir boca.


En las proximidades es de obligada visita la Cove d'en Xoroi, una amplia cueva restaurada como bar-discoteca salpicada de terrazas con magníficas vistas y muy divertida para los pequeños por sus interminables recovecos. El atardecer desde aquel paraje es impresionante, pero las multitudes en temporada alta pueden ser contraproducentes, por lo que se saboreará mejor por las mañanas. Eso sí, prepara la cartera porque no es precisamente barata..

 

Día 2: El salvaje norte y Ciudadela


Hay calas imperdibles pero que por inaccesibles para los niños, muchos dejan de visitar. Si sois ágiles en la negociación con vuestra pareja podéis hacer una rápida excursión a Cala Pilar mientras dejáis al resto en el pueblo de Ferreries comprando típicas abarcas menorquinas.


Desde el aparcamiento hay unos 30 minutos de agradable ruta por bosque en su mayoría -tu única compañía probablemente sean las cabras montesas-, aunque al final se escarpa a medida que el paisaje se torna más pedregoso. Cala Pilar es una preciosa cala virgen que cumple con el patrón de las playas del norte de la isla, con un color dorado y rojizo, de aspecto volcánico pero con tierra en la orilla para darte una zabullida rodeado de peces.


Ya de vuelta y con la familia unida, nos dirigimos hacia la segunda población más grande de Menorca no sin parar poco antes en la Naveta des Tudons, una tumba colectiva de la prehistoria restaurada que queda a pie de carretera.

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Un paseo vespertino por el casco histórico de Ciudadela, descubriendo su catedral, el castillo de San Nicolás y sobre todo su animado puerto, se antojan necesarios para cualquier visitante. 

 

Día 3. Playas de postal: Macarella y Macarelleta

Estas dos calas del sur ejemplifican la típica imagen de postal de la isla: vírgenes, de pequeño tamaño, aguas cristalinas, arena blanca y fina, y rodeadas de naturaleza. Una estrecha carretera que sale desde Ciudadela nos lleva hasta Macarella, que tiene un aparcamiento de pago a sólo 5 minutos andando, un chiringuito en el cual refrigerarse y árboles que nos protegen del sol de justicia veraniego.

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A diez minutos está Macarelleta, una muy reducida cala a la que habrá que llegar muy temprano para ocupar unos centímetros de arena. El camino es bastante complicado para los niños pero merece la pena, aunque sea por turnos, darse un paseo y divisar a vista de pájaro ambas calas con esa explosión de azul que emanan las aguas. No en vano, la revista Daily News Dig las ha incluido en el reportaje titulado, en inglés,; 'Las 35 aguas más claras del mundo en la que uno debe nadar antes de morir”.

 

Día 4. Barro en la playa en busca del mejor atardecer

Hacemos la primera incursión en familia por el norte para visitar una de las playas más cotizadas: Cavallería. Destaca no sólo por sus más de 500 metros de longitud –un amplio tamaño poco habitual en Menorca-, sino por su dorada y gruesa arena, el entorno abrupto, así como por el barro que emana de sus oscuras rocas que bien sirve para hacerse una limpieza de cutis o para que los niños se lo pasen pipa mientras, con un poco de suerte, ven tortugas nadando en la orilla.


Esta playa cuenta con un aparcamiento gratuito muy próximo y está a las puertas del Faro de Cavallería. A solo unos minutos en coche tendremos la ocasión de saborear un atardecer mágico, viendo junto al faro de 1857 y sobre unos acantilados los últimos rayos de sol reflejados en el mar. En temporada alta habrá que llegar con mucha antelación porque la admisión de vehículos es limitada.

 

Día 5: Buscando el aroma local


Si algún día el tiempo no acompaña, y aunque sí lo haga, es recomendable variar el plan porque Menorca es mucho más que calas. En una isla cada vez más repleta de urbanizaciones turísticas, se agradece descubrir algunos pueblos de toda la vida y poder hablar con sus simpáticas gentes, lejos de las hordas de turistas.


Mercadal nos sorprende con el blanco de sus casas, el viejo molino convertido en restaurante y la enorme tranquilidad que se respira, tanto que bastantes hogares dejan la puerta abierta de par en par ajenos al peligro. Desde el vecino Monte Toro tendremos una panorámica ideal de toda la isla desde su techo con 358 metros de altura y donde se encuentra el Santuario de la Virgen de Monte Toro, un símbolo espiritual entre los habitantes locales y donde venden souvenirs a muy buen precio.

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Podemos acabar el día en Fornells, en la costa norte, escalando a la torre de defensa desde la cual tendremos una bonita vista del pueblo junto a la ría y cenando en el puerto el plato por antonomasia, caldereta de langosta.

 

Día 6: Barco hacia las calas más recónditas del sur


A estas alturas de las vacaciones ya tenemos una idea bien formada sobre las virtudes de esta isla balear. Pero tenemos una espinita clavada antes de marchar: visitar algunas de las calas más inexploradas del sur. Para evitar rutas interminables y que los niños te den el día, existe una alternativa óptima: tomar una lancha motora.

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En Cala Galdana se puede coger un servicio de taxi por un precio que ronda los 22 € por adulto que te muestra las inaccesibles Trebaluger, Fustam y Escorxada y de paso se adentra en una cueva entre los precipicios que se repiten en esta parte de la costa. Todas estas calas tienen una luminosidad especial, dada por el contraste entre el verde de los bosques, la blanca arena y el turquesa de las aguas. La escasa afluencia de bañistas en comparación con el resto de playas y la belleza del entorno aseguran un día inolvidable.

 

Día 7: Última parada, Mahón


Para el amanecer del último día dejamos el segundo bonus del viaje, una visita relámpago en solitario de la otra cala perdida del norte de referencia: Cala Pregonda. Situada a 30 minutos a pie del aparcamiento, es un auténtico tesoro situado bajo una loma y unos acantilados, con unos islotes que la resguardan de los vientos y la confieren un toque mágico.


Posteriormente, nos dirigimos todos hacia Mahón no sin hacer una rápida parada en el faro de Favaritx en un entorno auténticamente lunar, muy distinto al visto en el resto de la isla, dominado por la pizarra negra. Acabamos estos días de fantasía en la capital conociendo el segundo puerto natural más grande del mundo, tras el de Pearl Harbor, a bordo de uno de sus muchos barcos.

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Veremos la Fortaleza de la Mora, una casa sumergida conocida como la 'Pequeña Venecia' o el bonito atracadero de Es Castell, además de un montón de peces si viajas en un barco con visión submarina para deleite de los menores -el truco es que el marinero los atrae arrojándolos migas de pan-. Un paseo nocturno por el casco histórico con la compra de las ensaimadas de rigor y del exquisito queso de Maó pondrán el punto final a unas vacaciones perfectas.

 

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