Oporto, una urbe de otro tiempo

Es Oporto (norte de Portugal), la ciudad donde muere en Duero, una vieja amiga con sabor añejo. Urbe de callejuelas estrechas, empinadas y retorcidas. Donde la ropa se tiende aún en los balcones.

Y es que antaño las casas no tenían secadoras, ni tendederos, por eso no había más remedio que poner la ropa a secar al aire, costumbre que aún pervive pervive en esta ciudad que emana aromas de un pasado que han sabido conservar con elegancia. Donde los tranvías históricos (eléctricos) aún circulan por viejos raíles. Y los adoquines centenarios todavía destrozan los pies de los visitantes (Consejo: fuera tacones). Pequeños atractivos que sumados entre sí dan forma a una ciudad especial.

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Nada más llegar se aprecia que Oporto no es urbe de grandes palacios. Ni cuna de ilustres apellidos. Presume por ser y haber sido ciudad de trabajadores, burguesa... Como dice un viejo refrán portugués: “Oporto trabaja, Braga reza, Coímbra estudia y Lisboa se gasta el dinero”

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Este dicho se apoya en su tradición comercial, razón por la cual los nobles no podían pasar allí más de tres noches. A la cuarta ¡fuera!. En Oporto no había tiempo para excesos, ni derroches típicos de la clase alta. Había que trabajar. Fabricar. Vender. Ganar dinero. Las grandes fortunas de Oporto se concentraron en manos de industriales, empresarios que aprovecharon el tirón de la revolución industrial y la fuerza del puerto. Que hicieron dinero trabajando duro, que rechazaban los privilegios que tenían los nobles de nacimiento.


Esa esencia aún pervive. Hay pocos palacios y todos se han convertido en edificios administrativos, hoteles o museos. Para ver grandes monumentos hay que centrarse en la catedral, románica, a las bellass iglesias barrocas y neoclásicas que salpican la ciudad, muchas de ellas con fachadas revestidas de azulejos. O contemplar la torre de los Clérigos y, si se animan, ascender por los 240 escalones que llevan al cielo.



Pero insisto. Lo que enamora de Oporto no son sus monumentos, sino esos pequeños rituales. Como tomar un café con un delicado «sublime de cacao» en el mítico Majestic (Santa Catarina, 112). Conservado tal y como era originalmente en 1921, cuando abrió sus puertas para consagrarse como referente de las tertulias de los intelectuales. Y como no, comprar un libro en la majestuosa librería Lello (As Carmelitas, 24). La catedral de los libros inaugurada en 1906 y que presume por ser una de las librerías más hermosas del mundo con sus estanterías de madera tallada y su superlativa escalera roja de formas onduladas.




Merece la pena escaparse a Oporto para sentarse en el famoso paseo de la Riviera y disfrutar contemplando el río, las bodegas de la otra orilla y la vida de una ciudad donde el corazón late con fuerza y donde lo decadente es casi casi un arte. Y contemplar la media docena de puentes que atraviesan el Duero, uno de ellos, el Luís I, construido por el mismo Eiffel que hizo la torre de París.

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Estos puentes unen Oporto con Vila Nova de Gaia, donde reina otro de los emblemas de la ciudad. No olvidemos que Oporto es la capital del vino dulce y donde se ubican las bodegas en las que este caldo envejece hasta lograr ese peculiar sabor. Y están allí, en la otra orilla. Casi todas están abiertas al público y ofrecen (algunas incluso gratis) visitas guiadas y una cata. Si este mundo te conquista, ten en cuenta que casi toda todas tienen sus viñedos en el Duero y antes transportaban el vino a bordo de «rabelos», barcos históricos que se conservan para fines turísticos. Otra actividad que no puedes perderte en la ciudad del Duero.



Vale, pero no todo en Oporto es digno del pasado. Hay también un Oporto moderno. Y quizá su icono sea la Casa de la Música. La blanca silueta de este moderno edificio reluce en medio de la avenida Boavista, una de las principales arterias.

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Se construyó en el 2001 y fue la obra clave en un año en el que Oporto saltó a la fama como capital de la cultura europea. Hoy, además de ser un edificio emblemático, se ha convertido en una referencia por sus programas musicales por su inmejorable acústica. Y por las posibilidades de sus instalaciones, siempre a disposición del público.


La modernidad también se aprecia a la hora de ir de compras. Volvemos a Santa Catarina, la calle comercial por excelencia, donde reinan las grandes cadenas, y por donde los de Oporto pasean para dejarse ver. Pero si buscas algo diferente, pon rumbo a la calle Miguel Bombarda, donde se han concentrado los pequeños creadores, artistas, las marcas alternativas que comparten el territorio con pequeñas galerías de arte y coquetos restaurantes y boutiques gastronómicas. Donde el viajero consumista tiene la sensación de acceder a una oferta muy distinta. Eso es Oporto. Una ciudad diferente.

 


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Nani Arenas 
Comunicadora, contadora de historias y creadora del blog "la Viajera Empedernida". Periodista especializada en turismo con más de 16 años de experiencia en medios escritos y audiovisuales.También @travelinspirers
Experta en viajes HomeAway


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