Sicilia, el sabor de la historia

por Francisco José Jiménez Rico. Empleado de HomeAway España

Playas cristalinas en la Bahía de MargaritaLa Sicilia es una isla señalada por el dedo sagrado de los dioses. Cástor y Pólux, Zeus, Baal, Dios Padre, y quién sabe cuántos más, han decidido dotarla de un embrujo especial que durante muchos siglos ha seducido a las grandes civilizaciones del Mediterráneo y que en pleno siglo XXI la convierte en uno de los principales destinos turísticos de Europa. Un baño en alguna de sus cristalinas playas, un paseo por sus empedrados pueblos medievales, una visita al atardecer de sus ruinas grecorromanas y una cena en una casa rural en las faldas del Etna, sin duda enamorarán al viajero y le convencerán de que alguna vez en la vida tendrá que repetir.

Sicilia engaña. Nos puede parecer la típica isla que podemos recorrer en cinco días pero, muy al contrario, necesitaremos al menos dos semanas para una visita más pormenorizada. No en vano es la cuarta isla más grande de Europa. Sus 25.000 kilómetros cuadrados -pocos menos que un país como Bélgica- y sus carreteras sinuosas, propias de una región montañosa, alargarán los desplazamientos pero a cambio podremos tomar fantásticas instantáneas, desde floridos campos flanqueados por templos griegos hasta azules bahías observadas desde recónditos pueblos en lo alto de las colinas. Caminando por esas tierras escarpadas y paseando por sus ciudades seremos testigos de la historia que domina una isla capaz de reunir grandes bellezas helénicas, vestigios cartagineses, villas barrocas, arte bizantino... Todo bien aderezado con el encanto de la población local, muy alejada del estereotipo mafioso que presentó con toda su crudeza la trilogía de El Padrino, y su exquisita gastronomía.

Madre e hija disfrutando en el restaurante Romeo y Julieta de TaorminaEn esta guía planteo una ruta tranquila de una semana, la estancia más habitual en la región por parte de turistas que normalmente tienen limitaciones económicas y escasa disponibilidad de días libres. Mejor en los meses de mayo, junio, septiembre y octubre, huyendo de los abrasadores y multitudinarios julio y agosto. Una ruta en coche intentando sobrevivir a la conducción infernal de los lugareños y que obviará muchas de las atracciones principales para profundizar en aquellas que nos permita hacernos una idea global de cómo es la isla,disfrutando algunos días de la playa, haciendo una selección de entre las muchísimas ruinas históricas diseminadas de este a oeste y quedándonos con unos poquitos pueblos de especial valor. Y si nos sabe a poco, pues a repetir cuanto antes.

Ya se sabe: "El mundo es un libro, y quienes no viajan, leen sólo una página."

Días 1 y 2: El Noroeste

 

Vistas del castillo de Erice desde el puebloSicilia dispone de dos aeropuertos junto a las principales ciudades: Palermo, al norte, y Catania, en la costa este. Lo óptimo es aterrizar en uno e irse desde el otro para ahorrarnos el viaje de vuelta, pero ésto encarecería los billetes de avión y el coche de alquiler (necesario en una región con un transporte público muy básico). Tomamos como base el aeródromo de la capital, llamado Falcone-Borsellino en homenaje a los dos jueces antimafia asesinados, y empezamos nuestra semana de vacaciones por el noroeste de la isla. Aprovechamos el primer día para visitar el precioso pueblo medieval de Erice, al cual se puede acceder en funicular desde Trapanni y que en una constante pendiente nos encandila con sus calles empedradas, el inhóspito castillo bordeando un barranco y las exquisitas Cassatas, unos postres de origen árabe que pueden adquirirse en cualquier pastelería.

El enorme calor que azota en estas latitudes invita a una incursión hacia las playas más septentrionales. San Vito Lo Capo es un pequeño pueblo bañado por una fantástica playa de aguas cálidas y azules, arena blanca y flanqueado por un peñón. Aunque demasiado turístico, el hecho de que gran parte del arenal sea gratuito (algo no muy habitual entre las extendidas playas de pago de la isla) y la posibilidad de desarrollar actividades acuáticas (como windsurf o vela), lo convierten en un destino ideal para rebajar los rigores del verano. Si no nos gustan las multitudes siempre podemos ir a alguna cala en la cercana Bahía de Margarita, menos preparada para el turismo pero con una belleza más salvaje.

Tras nuestro baño matutino y después de comer el típico couscous de pescado en cualquier restaurante del paseo marítimo, emprendemos el regreso hacia el interior cruzando la Riserva dello Zingaro, una reserva natural que se extiende hasta la costa y cuyas sinuosas carreteras son la pasarela a un abrupto paisaje de acantilados que nos dejarán boquiabiertos. Templo helénico en SegestaPara la última hora de la tarde nos queda el plato fuerte: subir al templo y teatro griegos de Segesta, de los mejor conservados de la región. Al templo de estilo dórico puede subirse a pie y pasear por su contorno para observar su grandiosidad, pero merece la pena recorrer la carretera que asciende a la colina para ver desde la distancia el valle en el que se encuentra enclavado. Los más perezosos tienen a su disposición un microbús para acceder al teatro, situado en la cima de la colina y excavado en una gran roca. Las vistas al atardecer y la perfecta acústica pondrán el colofón a la jornada.

Días 3, 4 y 5: El Este

 

La Oreja de Dionisio, cueva en el parque arqueológico de Siracusa

Atravesamos el centro de la isla por la cómoda autovía para irnos directamente a Siracusa, parando únicamente en la localidad de Enna para descansar viendo las estupendas vistas desde lo alto de la montaña (aunque por lo demás parece una ciudad fantasma). Hemos descartado las turísticas ruinas de Selinunte y Agrigento, en el sur, por falta de tiempo desde luego y porque tendremos ocasión de ver otros monumentos. En Siracusa merece la pena visitar el teatro griego, mucho más grande q ue el presenciado en Segesta, y la Oreja de Dionisio, una cueva artificial de 23 metros de altura y 65 metros de profundidad con una acústica tran brutal que te permite escuchar lo que susurran entre sí varias personas a gran distancia.

De obligado cumplimiento es cruzar por un puente repleto de barquitas a la isla de Ortigia y perderse por sus caóticas calles hasta acceder a la preciosa plaza de la catedral. Según comemos un helado de los muchos puestos ambulantes apostados y rodeamos la zona, vemos numerosas casas en estado de abandono, lo cual le resta bastante encanto.

Si diera tiempo, son recomendables los pueblos barrocos al sur de Siracusa, como Ragusa o Noto, encaramados en las laderas de sendas colinas luchando por no precipitarse. Sin embargo, y por dar a nuestro viaje una experiencia más en contacto con la naturaleza, podemos realizar una aproximación al Etna, un volcán en activo con más de 3000 metros de altura que es el símbolo y a la vez el gran temor de los sicilianos. Podemos disfrutar de los pueblos situados en su ladera y así ver más de cerca esa mole y su cumbre habitualmente nublada, e incluso aventurarnos a escalar hasta la cima, pero siempre con la compañía de un guía autorizado por el riesgo inherente a todo volcán que casi todos los años emite alguna erupción. Otra opción en verano es contratar una ruta en coches 4x4, y en invierno se puede hasta esquiar.

Niña en la plaza de la catedral en Siracusa
 

Toca descansar de nuestro día más salvaje y qué mejor que pasar una jornada entera en el coqueto pueblo medieval de Taormina. Muchos dicen que parece un decorado reconstruido, otros huyen de las hordas de turistas que invaden sus calles; ambas afirmaciones son ciertas, pero, a pesar de ello, es imposible no ceder ante los cantos de sirena que emite este enclave. Los palacios góticos, la torre del reloj, las panorámicas desde la plaza IX de Abril y el enorme teatro griego seducirían a cualquiera. Además, Taormina es una excepción en la normalmente tranquila isla de Sicilia: desprende ambiente por todos sus costados, con decenas de bares y restaurantes. Especialmente bonito es comer en la terraza del 'Romeo y Julieta', en una empinada callejuela, con su música en vivo y sus paredes pintadas de rojo amor. Un funicular nos permite bajar con unas vistas de primera a la playa de Isola Bella y darnos un baño tranquilo entre innumerables hoteles de gran lujo.

 

Días 6 y 7: El Norte

 

Atardecer en el pueblo de CefalúDe camino a Palermo por la costa norte hay una parada imprescindible (y sorprendente): Cefalú, el pueblo de la gran roca. Podemos visitar su catedral, darnos un baño termal en alguno de sus balnearios, cenar en uno de los restaurantes colgados del mar -como el Kentia al Trapittu, donde podemos probar la típica y muy condimentada pasta con sardinas- o subir al promontorio rocoso para tener una vista de pájaro de la localidad. Pero lo más importante es no perderse una puesta de sol desde la playa, con el astro rey cayendo por el horizonte mientras estrella sus últimos rayos en las casas de pescadores a pie del mar, con la roca sobrevolándolas. Y si es bañándote en sus aguas color turquesa, mejor que mejor.

Con esa imagen tan evocadora de Cefalú, posiblemente la que más recordemos en nuestras vidas de esta maravillosa región italiana, marchamos a disfrutar de nuestro último día de vacaciones en la capital. La caótica y superconcurrida Palermo debiera requerir de más de una jornada, pero nos conformaremos con un circuito a bordo de los autobuses para turistas desde el cual podremos descubrir una pintoresca ciudad con fuertes influencias bizantinas plasmadas en los mármoles polícromos de los edificios, y árabes, con sus tradicionales cúpulas.

La Iglesia de San Juan de los Ermitaños con sus cinco cúpulas rojas y el Palacio Real sobresalen en una colorida capital marcada por el verde de sus jardines o el multicromado tono del mercado de la Vucciria. Acabaremos nuestra andadura siciliana en el cercano pueblo de Monreal que, situado en una colina, ofrece una magnífica vista de Palermo y de la cuenca de Oro. Allí podremos descubrir, con un vaso de zumo de naranja recién exprimido en mano por cortesía de los puestos de la plaza, el tesoro que encierra la catedral: unos impresionantes mosaicos dorados que no son sino uno de los mayores logros del arte normando en el mundo. Un final inmejorable para una semana inolvidable.

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